A nosotros no nos iba mal del todo. Mi padre "trabajaba" en Nápoles donde sacaba suficiente para ir tirando. Mi madre bastante tenía con cuidarnos a Ettore (mi hermano) y a mi.
La llegada de Podesta y su cuadrilla suposo un cambio radical en mi vida. Yo estaba empezando a manifestar mis encantos femeninos y esto no pasaba desapercibido para nadie. Con 13 años tenía el cuerpo de una adolescente madura. Delgada, esbelta, senos bien proporcionados, cabello negro azabache y unas piernas interminables que hacían corta cualquier falda que me pusiera. Mi madre siempre me mandaba a buscar la leche a casa de los Rabazzi, con el consecuente regocijo de Filippo que no me sacaba el ojo de encima. En uno de mis viajes, un secuaz de Podesta se ofreció a llevarme la lechera. Me negué pero casi me la quitó de la mano. Al llegar a su casa, Filippo se puso tenso al ver como me miraba aquel bastardo. Cuando estuvo llena volvió a coger mi lechera y me dijo que lo acompañara. Yo intente disuadirle pero fue imposible,ya había salido del caserón e iba calle arriba.
Tuve que apretar el paso para ponerme a su altura y al llegar al establo, junto a la Via San Pietro, me agarró de la mano y me empujó dentro. Mi nerviosismo se convirtió inmediatamente en pánico cuando de un golpe cerró el portón.
Allí estaba yo a merced de aquel forajido sin ninguna opción más que acceder a todos sus deseos.
Intente luchar al principio pero era imposible. Era un hombre fuerte, robusto , de grandes manos que me palpaban por todas partes con la lujuria como motor. Rasgo mis ropas y empezó a bajarse los pantalones. Mi virtud estaba a punto de ser mancillada. En ese momento, oí un ruido detras del hombre, pero su corpulencia me impidió ver que era lo que lo había provocado.
Retumbó un grito seco de rabia y el hombre cayó de lado dejando ver claramente su estado de erección y a mi salvador.
Allí ,de pie, estaba Filippo sosteniendo una pala. Le había abierto la cabeza a mi atacante sin contemplaciones.