Jocabed vivió su exilio de palacio con una tristeza absoluta. En ninguno de los días que estuvo ausente vino nadie a verla. No podía entender lo mucho que había significado para ella el Faraón y lo insignificante que ella era para él. Su soledad más absoluta la deprimía enormemente. Su estado de salud empezaba a empeorar. Vómitos y nauses se mezclaban con momentos de placidez. Su barriga crecía y crecía hasta que por fin llegó el día. Con la fuerza que siempre tuvieron las mujeres de su familia dió a luz sola, desamparada. Tuvo a un niño muy grande, hermoso, y con los ojos de Seti, su padre. La mirada petrea ya era evidente incluso a tan tierna edad.
Pasaron los días y una vez recuperada siguió al pié de la letra el plan del Faraón. Puso al niño en una canastilla y lo llevó a la zona baños de palacio. Allí bañandose con su cohorte estaba Tefnut , la hija del Faraón. Su belleza era increible. "La esculpida" significaba su nombre y así parecía estar hecha. Al oir el llanto, Tefnut se acercó hasta la canastilla. La abrió y para su sorpresa, allí estaba el niño que había estado deseando tanto tiempo.
Lo cogió, lo beso, lo abrazó y lo levanto en alto dando gracias al cielo.
Te llamaré "El salvado de las aguas". Te llamaré Moisés.